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El maestro deshojando margaritas



"El trabajo docente es clave para promover una sociedad democrática y pacífica. Frente a los desafíos que amenazan nuestra humanidad, su labor debe contribuir a formar ciudadanos críticos y responsables".

"Me quiere… no me quiere… me entiende… no me entiende… ¿lo inspiro? ¿lo aburro?... ¿será que le dije algo malo?". Y al igual que los poetas románticos franceses que castigaron sobre las margaritas las osadías de la naturaleza, el maestro se pregunta cada día si ha logrado sembrar una semilla, aunque sea exigua, en ese joven que calla, o en esa joven que ríe, o en ese otro muchacho que inexpresivo lo desafía.

La educación es, en esencia, un acto de fe. Paulo Freire planteó que educar implica creer en la capacidad del otro para aprender, para transformarse y para cambiar el mundo. Que todo acto educativo está cargado de una apuesta: no ves los resultados de inmediato, pero confías en que la semilla sembrada germinará: "La educación es un acto de amor, por tanto, un acto de valor. No puede temer al debate. No puede huir de la controversia. No puede rehuir a la discusión creadora, so pena de ser una farsa".

Muchos de nosotros elegimos ser maestros no por azar ni por comodidad, sino porque hubo un momento en el que descubrimos en el conocimiento una herramienta de poder, de dignidad y de transformación. No fue una decisión ingenua: sabíamos que las aulas no son santuarios ajenos a las tensiones sociales, a las carencias o a las políticas que muchas veces desprecian la educación como proyecto colectivo. Sin embargo, asumimos esta tarea convencidos de que, desde lo cotidiano, desde la conversación, la lectura y la pregunta, podíamos disputar sentidos y aportar a un mundo menos torpe, menos injusto y menos indiferente. Porque enseñar no es repetir contenidos; es intervenir en la realidad, incluso cuando las condiciones son adversas y los reconocimientos escasos.

En este momento me preocupa que, en nombre de una inclusión que debe ser garantizada y defendida, terminemos desplazando el conocimiento que el maestro tiene la responsabilidad de transmitir. Incluir no es bajar las exigencias ni convertir el aula en un espacio donde cualquier contenido se vuelve accesorio frente a las agendas personales. Un estudiante que busca incluirse debe, además de ser reconocido en su singularidad, aprender la lengua materna, conocer los fundamentos de la ciencia, la literatura, la historia y el arte que lo preceden. No podemos permitir que la inclusión se convierta en un argumento para anular el derecho al saber. Me inquieta que, si pido una exposición sobre la historia del arte, la única respuesta posible sea hablar de inclusión, como si la única identidad legítima fuera la de quien se declara excluido. La verdadera inclusión se da cuando todos acceden al conocimiento que nos constituye como colectivo, no cuando lo reemplazamos por discursos circunstanciales.

Bajo tal premisa deseo celebrar con esta reflexión el Día del Maestro, para rendir homenaje a quienes no solo enseñan letras, números o fórmulas, sino que educan con pasión. A esos que, más allá de los programas y los horarios, se detienen a escuchar, a persuadir, a detectar las ausencias disfrazadas de retozos y los talentos ocultos tras las timideces. Porque el verdadero maestro es incluyente, sí, pero no alcahueta; comprende las diferencias, respeta las singularidades y tiende la mano a quien lo necesita, pero no renuncia a su deber de enseñar, de exigir, de transmitir saberes que construyen ciudadanía y pensamiento crítico. Incluir no es dejar hacer, es acompañar con firmeza y sensibilidad, sabiendo que educar también es confrontar con lo que cuesta y desafiar a superarlo.

Los verdaderos maestros enseñan a sumar y a soñar, a conjugar verbos e ilusiones. Los que corrigen errores en hojas y en conductas, los que insisten, los que no desisten. Los que saben que cada estudiante es un mundo, una margarita distinta, que se deshoja con paciencia y empatía.

Hoy, 15 de mayo, desde estas líneas queremos agradecer a quienes, con su labor diaria, iluminan caminos. A esos maestros que, deshojando margaritas, encuentran siempre el "entiende el sentido de mi labor" en la mirada de sus estudiantes. Porque gracias a ellos, cada aula es —o debería seguir siendo— un jardín donde germinan la paz y la empatía.

No obstante, también sabemos que hoy el maestro empieza a ser desplazado de su propio territorio. La pasión, el conocimiento riguroso, el oficio paciente de enseñar parecen volverse obsoletos frente a modelos que privilegian lo inmediato, lo superficial o lo meramente funcional. Se lo excluye sutilmente de las aulas que ayudó a construir, como si su palabra y su saber ya no fueran imprescindibles. Por eso, el maestro va por el mundo deshojando sus margaritas, preguntándose si se equivocó, si debió tomar otro rumbo, aunque en el fondo sepa que no. Porque pudo haberlo hecho de otra manera, sí, pero eligió esta: la de apostar por el conocimiento y la humanidad, aun cuando muchos olviden su valor.