Emociones y el proceso de enseñanza aprendizaje


Aprender no solo es ejercitar la memoria, es cultivar la confianza, la curiosidad, la imaginación, el respeto y motivación para hacer del aprendizaje, un acto más humano, sensible y transformador.
Situaciones como las siguientes son más comunes de lo que imaginamos: un estudiante que domina un tema puede llegar a quedarse en blanco durante una evaluación debido a la ansiedad, el miedo o a la presencia de pensamientos automáticos que interfieren con su capacidad para responder o asumir la situación con claridad.
Situaciones como las siguientes son más comunes de lo que imaginamos: un estudiante que domina un tema puede llegar a quedarse en blanco durante una evaluación debido a la ansiedad, el miedo o a la presencia de pensamientos automáticos que interfieren con su capacidad para responder o asumir la situación con claridad. En contraste, se encuentra otro estudiante, motivado por un docente que inspira confianza y promueve la curiosidad, en este caso el estudiante podrá recordar con mayor facilidad lo aprendido, participará activamente y asumirá con entusiasmo y motivación nuevos retos académicos.
Las dos escenas anteriormente mencionadas hacen parte del día a día en las aulas de clase y nos recuerdan una realidad: aprender no es un proceso exclusivamente cognitivo, también, es un proceso profundamente emocional.
Por mucho tiempo, la educación privilegió la razón como eje central o fundamental para el proceso de aprendizaje, dejando a un lado las emociones, como si el sentir y aprender resultaran ser procesos completamente independientes. Sin embargo, la neurociencia nos ha permitido comprender que emoción y cognición se encuentran estrechamente relacionados, puesto que las emociones no solo acompañan el proceso de aprendizaje, también, pueden facilitarlo, bloquearlo y hasta transformarlo. Las emociones pueden comprenderse como reacciones psicológicas y fisiológicas que surgen ante determinados estímulos o situaciones, asociados a la activación de ciertas áreas cerebrales.
Actualmente, para los docentes comprender esta relación resulta ser una necesidad pedagógica. El poder comprender cómo las emociones influyen en el proceso atencional, en la memoria, la motivación y la participación, favorece la construcción de experiencias educativas más humanas, efectivas y significativas.
La neurociencia ha demostrado que las emociones desempeñan un papel determinante en el proceso de aprendizaje. Por ende, cuando un estudiante experimenta emociones positivas, desarrolla curiosidad, se siente motivado, entusiasmado, seguro o satisfecho, su cerebro se encuentra en mejores condiciones para atender, procesar información y consolidar recuerdos. Esto ocurre porque las experiencias emocionalmente significativas suelen recordarse con mayor facilidad, evidenciado la estrecha relación que existe entre memoria y emoción.
En cambio, cuando un estudiante experimenta ansiedad, miedo, frustración o estado de aburrimiento, el proceso de aprendizaje puede verse comprometido. Esto ocurre porque nuestro cerebro no procesa el aprendizaje de forma aislada al estado emocional. Aquí tiene un papel muy importante la amígdala, que es una estructura subcortical situada en la parte interna del lóbulo temporal medial y tiene como principal función integrar las emociones con patrones de respuesta correspondientes, por tal motivo, actúa como una especie de filtro que permite determinar qué información merece atención. Por ejemplo, si un estudiante percibe amenaza (temor a equivocarse o a ser juzgado), inmediatamente el cerebro priorizará la supervivencia emocional sobre el proceso de aprendizaje. Dicho en otras palabras, un estudiante emocionalmente "bloqueado" difícilmente hará uso de todo su potencial cognitivo.
Por otro lado, tenemos nuestras aulas de clase, que también cuentan con una atmósfera emocional, aunque en pocas oportunidades logramos percibirlo con claridad. Aquí, nuestros estudiantes perciben gestos, tonos de voz, niveles de exigencia, posibilidades de participación y diferentes formas de corrección.
Un ambiente donde se cultiva el respeto, la seguridad, la autoestima y la confianza, favorece la participación y desarrollo del pensamiento crítico. Mientras que, en entornos rígidos u hostiles surge la inhibición, la preocupación excesiva, la magnificación, la ansiedad, la inseguridad y el retraimiento.
Cabe resaltar que, no se pretende promover el convertir las aulas de clase en un espacio sin exigencia o libre de frustración, puesto que aprender también implica resolver, poner en práctica nuestras habilidades blandas y así enfrentar favorablemente los retos que surgen en el día a día. Sin embargo, es necesario comprender que hay una gran diferencia entre el desafío pedagógico y el miedo constante.
Por tal motivo, el vínculo profesor estudiante resulta ser de gran importancia, puesto que un docente no solo imparte un curso o transmite conocimientos, también, comunica seguridad, confianza, expectativas y alternativas.
Es necesario aclarar que no se pretende atribuir al profesor la responsabilidad absoluta del bienestar emocional de sus estudiantes, pero sí reconocemos su influencia en cada uno de ellos, pues su regulación emocional también enseña. Reconocer sus propias emociones, el comprender cómo estas impactan la práctica pedagógica y trabajar en la gestión de emociones favorece el bienestar profesional, la interacción en el aula de clase y el proceso de enseñanza - aprendizaje.
¡Queridos profes!
Incorporar en las aulas de clase la dimensión emocional no implica diseñar espacios terapéuticos, implica reconocer que se aprende desde la experiencia humana. Estas son algunas estrategias sencillas que marcarán la diferencia en nuestros estudiantes:
Promover un ambiente donde el equivocarse hace parte del proceso natural de aprendizaje, no magnificar el error permite reducir la ansiedad académica y promover la autoconfianza.
Brindar retroalimentaciones respetuosas, claras y orientadas al crecimiento integral.
Promover la validación emocional de los estudiantes sin minimizar sus experiencias o necesidades.
Cuidar el lenguaje verbal y no verbal.
Promover la curiosidad y participación a través de estrategias lúdico-didácticas.
Reconocer y aplaudir esfuerzos, la dedicación y perseverancia, no solo el resultado.
Establecer actividades significativas que permitan estimular la motivación y el compromiso con el aprendizaje.
Incentivar espacios de participación segura y evitar prácticas que generen miedo o sentimiento de vergüenza.
Priorizar la autonomía, la validación emocional, la gestión de emociones y el fortalecimiento de habilidades blandas.
Emplear la regulación emocional como docente.
Finalmente, no existen emociones "buenas" o "malas" en términos absolutos, ya que cada emoción cumple funciones adaptativas. Sin embargo, algunas facilitan el aprendizaje. Por ejemplo, la curiosidad impulsa la exploración, el entusiasmo aumenta la motivación, la satisfacción favorece la autoeficacia y por ende la confianza y percepción de sí mismo. Por tal motivo, una de las reflexiones más importantes para quienes enseñamos es comprender que el aprendizaje no se presenta únicamente cuando un estudiante memoriza información correctamente, sino cuando logra conectar aprendizaje y emoción, entendiendo de esta manera que incorporar la dimensión emocional en la educación no es una tendencia pasajera, todo lo contrario, es una necesidad para promover procesos de enseñanza humanos, empáticos, constructivos y transformadores.
Referencias
Peñafiel Villavicencio, P., Fernández-Sánchez, L., & Sancho Aguilera, D. (2025). Importancia de las emociones en los procesos de enseñanza y aprendizaje: Una revisión sistemática. Revista InveCom, 6(2), e602022
Almeida Campos, M. D., & Ramón Parada, L. L. (2025). Neurociencia y aprendizaje emocional: Impacto de las emociones en el conocimiento. Dialéctica. Revista de Investigación Educativa, 3(26), 357376. https://doi.org/10.56219/dialctica.v3i26.4894