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Pero, es tan bello ver fugarse los crepúsculos. El deseo de ser artista en estos tiempos.

Así lo dijo León de Greiff para justificar que, aunque entendía que había mucha tierra nueva y mucho almacén enorme para trabajar, él prefería el oficio de poeta. Una de las cosas que más me gusta de mi oficio como profesora en la Universidad es que puedo disfrutar de la compañía y de la conversación divertida e interesante de mis estudiantes de artes. En clase, aunque yo no soy artista, pero sí estudié el arte de las letras, hablamos sobre la importancia de leer, de comprender los métodos del arte, de entender la investigación basada en las artes, de construir metáforas, de estudiar a otros artistas y de ser críticos con las redes sociales y con la cultura en general.

También hablamos constantemente sobre "¿para qué sirven las artes?". Se sabe que autores de filosofía y del mundo del arte han respondido a esta pregunta subrayando funciones distintas pero complementarias. Aristóteles, por ejemplo, sostuvo que el arte ocupa dignamente nuestro ocio y contribuye a la felicidad afinando nuestros sentimientos mediante la catarsis emocional, elevando el espíritu y ajustándolo a la realidad. Nietzsche lo concibió como una fuerza vital que vale incluso más que la verdad porque afirma la vida y abre camino a nuevos valores, en lugar de negar la existencia con una búsqueda desesperada de certezas racionales. Desde perspectivas más contemporáneas, se ha defendido que las artes actúan como instrumentos de autorrevelación y autorrealización, ayudando a las personas a construir su identidad y a comprender el mundo de un modo que la filosofía y la ciencia no pueden reemplazar. Además, numerosas iniciativas educativas sostienen que las artes son un medio para desarrollar la creatividad, ciertas competencias socioemocionales y el pensamiento crítico, insistiendo en que no solo son un fin cultural, sino un motor de desarrollo personal y social.

Ahora bien, en relación con el interrogante anterior, vale la pena preguntarse si hoy en día se puede vivir de las artes. La respuesta quizá sea sí, pero solo una minoría de artistas lo consigue y casi siempre a través de una combinación de fuentes de ingreso (venta de obras, encargos, docencia, talleres, trabajos creativos para empresas, presencia en internet) y de un enfoque muy consciente de su práctica como emprendimiento, en un contexto donde las industrias culturales mueven enormes cantidades de dinero pero las concentran en pocos actores, lo que deja a muchos creadores en condiciones económicas precarias y con ingresos irregulares que suelen obligarlos a complementar con otros trabajos.

Por ejemplo, la vida adulta del poeta colombiano Raúl Gómez Jattin estuvo marcada por una profunda precariedad material y emocional. Aunque en 1996 obtuvo una beca de creación poética, otorgada por Colcultura, para escribir el que sería su último libro, "Los poetas, amor mío", pagado por cuotas, no alcanzó a disfrutar realmente ni de ese dinero ni del estilo de vida más sosegado o sofisticado que habría deseado como artista; siguió viviendo entre la indigencia, las crisis de salud mental y la inestabilidad cotidiana hasta su muerte en 1997.

Y es que la miseria de muchos artistas no es algo nuevo. A pesar de ser uno de los escritores más influyentes del siglo XIX, Edgar Allan Poe pasó casi toda su vida adulta al borde de la pobreza. Los estudios sobre sus ingresos muestran que solo en un período muy corto estuvo por encima del nivel de subsistencia y que por textos tan célebres como "El cuervo" recibió sumas ridículas, que no le permitían vivir con dignidad. Dependía de trabajos mal pagados como editor y como crítico literario, de colaboraciones ocasionales en revistas y de la ayuda de familiares o mecenas, y aun así casi siempre estuvo endeudado; su talento no se tradujo en estabilidad económica y su figura encarna al artista que, incluso aportando una obra decisiva a la cultura, no "vive del arte" en vida, sino que solo alcanza reconocimiento y valor económico pleno de manera póstuma. Para explicar la vida de estos artistas pobres nos hemos consolado con la expresión "es que fueron tocados por fuego".

Otro ejemplo claro es Vincent van Gogh, hoy considerado uno de los pintores más importantes de la historia y, sin embargo, incapaz de "vivir de su arte" mientras estuvo vivo. Van Gogh apenas vendió uno o muy pocos cuadros en vida y dependió casi por completo del apoyo económico de su hermano Theo; este le enviaba una mesada que muchas veces Vincent gastaba en lienzos y pintura, al punto de quedarse sin dinero para comer y vivir en cuartos pequeños, austeros y a menudo insalubres. Sus cartas hablan constantemente de la falta de plata, de las deudas y de la sensación de fracaso, a pesar de trabajar jornadas larguísimas y producir cerca de un millar de obras. Tras su muerte, esos mismos cuadros que no encontraba quién le comprara comenzaron a valorarse y hoy se venden por decenas de millones, convirtiéndolo en símbolo de cómo el sistema artístico puede admirar y enriquecer la obra de un creador cuando ya no sirve para garantizarle una vida digna al propio artista.

Sin embargo, también hay artistas que sí han logrado vivir del arte. En contraste con figuras como Poe o Van Gogh, Fernando Botero y Mario Vargas Llosa alcanzaron un éxito que les permitió vivir con comodidad, viajar y darse gustos gracias a su trabajo artístico. Botero, que empezó en la Medellín de los años cuarenta en condiciones modestas, construyó desde los años setenta un mercado internacional muy sólido: sus pinturas y esculturas se cotizaron en las principales subastas del mundo, acumuló una fortuna considerable y pudo tener talleres en Europa y Estados Unidos, coleccionar obras de otros maestros y llevar una vida cosmopolita entre viajes, exposiciones y museos. Vargas Llosa, por su parte, pasó por una primera etapa de trabajos múltiples y precariedad en Lima y luego en París, pero a partir del boom latinoamericano, los grandes premios literarios y el Nobel de 2010, además de la venta de sus novelas, se consolidó como un escritor profesional que vivió décadas entre Madrid, Londres y París, invitado a universidades y festivales, con conferencias bien pagadas y la posibilidad de dedicarse casi por completo a leer, escribir y pensar en voz alta sobre política y cultura.

Por eso, a los estudiantes y jóvenes que hoy estudian artes no les conviene desanimarse. Seguir el propio camino creativo significa abrirse a una vida llena de placeres sensibles, de hallazgos estéticos y poéticos que sencillamente no existen en otros oficios más rutinarios, y que pueden incluir también formas de sustento digno si se combinan talento, disciplina y capacidad de gestión. Vale la pena estudiar artes hoy porque el dibujante y el pintor nos enseñan a mirar el mundo con otros ojos, el músico y el bailarín le dan ritmo y cuerpo a nuestras emociones, el docente de artes acompaña procesos de sensibilidad y pensamiento crítico en las escuelas, y el actor de teatro encarna las preguntas y conflictos de la sociedad: todos ellos hacen posible que una comunidad no solo sobreviva económicamente, sino que tenga imaginación, memoria y deseo de transformarse.