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Estado laico: ¿importa la religión de la ministra de educación?

La Constitución Política reconoce a Colombia como un Estado laico, respetuoso de la diversidad religiosa y garante de la libertad e igualdad de todas las confesiones, incluyendo pensamientos políticos y filosóficos.

En un artículo publicado por El País el 7 de julio de 2026, el periodista Diego Stacey informó que Viviane Morales sería la nueva ministra de Educación del gobierno del presidente electo Abelardo de la Espriella. La designación generó debate debido a la trayectoria política de Morales y a sus reconocidas convicciones religiosas y conservadoras. Mientras algunos sectores valoran su intención de fortalecer la formación en valores y mejorar la calidad educativa, sectores académicos y defensores de la educación laica expresan preocupación por la posible influencia de esas convicciones en las políticas públicas. El artículo señala, además, que Morales aún no había presentado un plan detallado de reformas.

La pregunta, entonces, no es menor: ¿es un problema que la ministra de Educación sea una persona profundamente religiosa? En mi opinión, no necesariamente. El problema no radica en la fe de quien ocupa el cargo, sino en la posibilidad de que esa fe se convierta en el criterio desde el cual se diseñen las políticas educativas. El riesgo aparece cuando el pensamiento crítico y el análisis sustentado en la evidencia son sustituidos por una única visión religiosa, moral o ideológica presentada como la única verdad posible. Una educación de esa naturaleza limita la libertad de conciencia, empobrece el debate y termina excluyendo, de manera explícita o implícita, a quienes creen de otra manera o no profesan religión alguna.

La Constitución colombiana protege la libertad de cultos y reconoce el carácter no confesional del Estado. En consecuencia, la educación pública debe ser un espacio donde todos puedan encontrarse, independientemente de sus convicciones, y donde los estudiantes aprendan a convivir con la diferencia antes que a desconfiar de ella.

Ahora bien, defender ese principio no significa que la educación deba renunciar a la formación ética. Todo lo contrario. Educar en el respeto, la honestidad, la solidaridad, la justicia, la empatía, la responsabilidad y el compromiso con el bien común sigue siendo una tarea irrenunciable. La diferencia consiste en que esos valores pueden compartirse desde múltiples tradiciones filosóficas, religiosas y humanistas, sin necesidad de privilegiar una sola de ellas.

También sería injusto desconocer que buena parte de la historia de la educación occidental está ligada a las iglesias y a las comunidades religiosas. Durante siglos preservaron el conocimiento, fundaron escuelas y universidades y promovieron el estudio de la filosofía, el derecho, la medicina, la teología y las artes. Ese legado forma parte de la historia intelectual de Occidente y merece ser reconocido. Sin embargo, también es cierto que algunas instituciones religiosas promovieron, en distintos momentos, una visión excesivamente moralista de la vida humana, especialmente en relación con la sexualidad, privilegiando el miedo y la culpa sobre el conocimiento y la responsabilidad. Reconocer sus aportes no exige ignorar sus errores, del mismo modo que señalar esos errores no implica desconocer la enorme contribución que hicieron a la educación.

En este contexto habrá que esperar para conocer cuál será la propuesta de la nueva ministra, Viviane Morales. Su trayectoria como jurista, congresista y primera mujer en ocupar la Fiscalía General de la Nación es ampliamente conocida, al igual que sus firmes convicciones cristianas y conservadoras, que la llevaron a protagonizar debates sobre la educación sexual, la denominada "ideología de género", el aborto y la adopción por parte de parejas del mismo sexo. Esas posiciones explican las inquietudes que ha despertado su llegada al Ministerio de Educación.

Sin embargo, sería un error juzgarla únicamente por sus creencias religiosas. Lo que deberá evaluarse será su capacidad para gobernar la educación de un país diverso, en el que conviven creyentes de distintas religiones, agnósticos y ateos. La pregunta relevante no es qué fe profesa la ministra, sino si será capaz de distinguir entre sus convicciones personales y las responsabilidades de un cargo público.

Mi mayor preocupación no está en la religión, sino en el dogma. El dogma comienza cuando una persona deja de admitir que existen otras formas legítimas de comprender el mundo. Y la educación, por definición, consiste precisamente en abrir esas posibilidades. Ese principio resulta especialmente importante cuando se piensa en la enseñanza de las artes y de las humanidades. La religión ha inspirado algunas de las obras más extraordinarias de la historia: los frescos de la Capilla Sixtina de Miguel Ángel, los Cristos de Velázquez, las cantatas y pasiones de Johann Sebastian Bach o las catedrales góticas europeas son prueba de que la experiencia religiosa ha sido una poderosa fuente de creación artística. Sería absurdo pretender una educación que ignorara ese patrimonio.

Pero sería igualmente empobrecedor reducir la historia del arte a una única mirada religiosa. El patrimonio cultural de la humanidad también está conformado por Sófocles, Shakespeare, Cervantes, Goya, Beethoven, Virginia Woolf, Picasso, Frida Kahlo, Gabriel García Márquez, las cosmovisiones indígenas y el arte contemporáneo. Muchas de estas obras no nacieron para confirmar una doctrina moral, sino para cuestionar las certezas de su tiempo, denunciar la injusticia o explorar la complejidad de la condición humana. Precisamente por eso siguen siendo fundamentales en la formación de ciudadanos libres.

El arte no existe para ilustrar un catecismo, sino para ampliar nuestra comprensión del ser humano. Hay obras profundamente religiosas y otras abiertamente críticas; unas celebran la fe y otras interpelan al poder, a la tradición o incluso a Dios. Todas forman parte de la conversación cultural de la humanidad y todas merecen ser conocidas. Una educación que seleccionara únicamente las obras compatibles con una determinada visión moral dejaría de formar ciudadanos críticos para empezar a formar creyentes de una sola visión del mundo.

Lo mismo ocurre con la ciencia y con la filosofía. Su misión no consiste en confirmar aquello que ya creemos, sino en formular preguntas, poner a prueba nuestras certezas y ampliar el horizonte del conocimiento. La función de un Ministerio de Educación no es enseñarles a los ciudadanos qué deben creer, sino garantizar que las nuevas generaciones tengan acceso a las grandes tradiciones del pensamiento humano y desarrollen la capacidad de pensar por sí mismas.

Al final, el éxito de una ministra de Educación no dependerá de la religión que profese, sino de su disposición para proteger la libertad de aprender. Porque una buena educación no existe para producir creyentes, ateos o militantes de una ideología determinada. Existe para formar seres humanos capaces de comprender la complejidad del mundo, dialogar con quien piensa distinto y ejercer, con autonomía, el derecho a construir su propia conciencia.