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La escritura en la universidad.

Escribir por encargo es una tarea difícil, incluso para el más experimentado de los autores dedicados a los asuntos culturales, sociales y humanos. No hace falta ser un semiólogo consumado para reconocer la reacción de esos rostros juveniles cuyos ojos se abren al unísono, entre crespos y cabellos largos, cuando uno, como profesor, pronuncia la sentencia: "van a escribir un ensayo" y les "propone" determinado tema. La primera pregunta es casi siempre la misma: "¿para cuándo es?".

Salen del aula pensando en las agotadoras jornadas que vendrán, hasta que llega la noche anterior a la entrega y se sientan, por obligación, frente al texto pendiente.

Muchos buenos profesores también han atravesado esa experiencia: escribir artículos, ponencias o discursos nacidos de sus investigaciones y reflexiones académicas. Otros, sin embargo, esperan de sus estudiantes tratados impecables que ellos mismos no han conseguido producir. Resulta problemático que un docente exija textos cuya estructura no sabe explicar con claridad; más aún cuando la consigna es ambigua: "van a escribir sobre la macroestructura de esta novela". Con frecuencia, el estudiante termina buscando al profesor de lectoescritura más cercano para preguntarle qué significa exactamente esa tarea. Este, sorprendido ante la consulta, responde que tampoco comprende del todo qué pretende su colega, aunque probablemente hablaría de la estructura narrativa general, la organización temporal, los ejes temáticos o la construcción del conflicto.

El estudiante, lejos de sentirse tranquilo, confirma la sospecha de que el encargo es más complejo de lo que imaginaba y formula nuevas preguntas. El profesor de lectoescritura, ya exhausto, intenta orientarlo: "busca las características del análisis estructural del relato y escribe sobre los personajes, el tiempo, el narrador, el contexto y la trama". ¿La trama? Sí: dónde inicia la historia, en qué momento aparece el conflicto y cómo se resuelve. Todo ello, además, en cinco páginas y bajo normas APA.

El computador tarda varios minutos en arrancar y otros tantos en abrir el procesador de textos —generalmente Word—. A veces sucede, además, que la novela nunca se leyó completa porque el estudiante no logró vincularla con su propia experiencia. Todavía no descubre que la literatura clásica habla siempre de nosotros, independientemente de la época en que hayamos nacido. El amor, por ejemplo, atraviesa todas las generaciones. Pero el tiempo apremia: apenas existe un resumen ejecutivo del libro, quizá elaborado por la IA o por un compañero que sí leyó la obra, y ahora debe escribirse un análisis sobre la "macroestructura" o sobre aquello que el otro profesor llamó "estructuralismo". Todo esto, por supuesto, con la presión de alcanzar al menos una nota de tres cero (3.0).

Entonces uno se pregunta si los maestros tenemos realmente la capacidad de escribir los textos que exigimos; si las dificultades de escritura están ligadas a los hábitos de lectura, o quizá a que los estudiantes no leen aquello que nosotros creemos indispensable; o si el problema radica en la formulación misma de las actividades, en eso que la pedagogía universitaria denomina rúbrica evaluativa. También cabe preguntarse si, sencillamente, a los jóvenes no les interesa escribir.

Yo creo que sí los compromete y que, de hecho, muchos lo hacen bastante bien, aunque sus textos puedan fortalecerse mediante acompañamiento y práctica. Hace algunos días les pedí a mis estudiantes de artes que escribieran una columna periodística sobre un tema libre. Les supliqué que no utilizaran IA y acompañé la petición con la vieja frase: "más sabe el diablo por viejo que por diablo", intentando decirles que la experiencia permite distinguir cuándo escribe una máquina y cuándo aparecen las ideas, las vacilaciones y hasta la ortografía propia de un estudiante.

Escribieron sobre la búsqueda de identidad en la música; sobre la creación artística mediante inteligencia artificial; sobre Adobe After Effects y sus posibilidades en la composición y los efectos visuales; sobre la necesidad de que en las clases de pintura se enseñe no solo el comportamiento del color, sino también la manera en que la luz lo atraviesa; y sobre Patricia Piccinini y las criaturas híbridas y monstruosas que construye para generar empatía, entre muchos otros asuntos.

Por supuesto, aparecieron redundancias, gerundios mal empleados y errores de puntuación; algunos olvidaron las tildes y otros cerraron los títulos con punto final o eligieron encabezados demasiado poéticos para el contenido que desarrollaban después. Sin embargo, esos aspectos pueden corregirse. Lo verdaderamente importante es que el ejercicio funcionó: a los jóvenes sí les gusta escribir, especialmente cuando el tema dialoga con sus inquietudes, experiencias y búsquedas personales. ¿Significa eso que imponer temas sea un error? No necesariamente. Pero sí creo que, cuando existe un margen de libertad creativa, los estudiantes logran desarrollar mejor sus ideas, escribir con mayor soltura y asumir la escritura menos como una condena académica y más como una posibilidad auténtica de pensamiento.

La escritura universitaria no debería reducirse a un ejercicio de cumplimiento ni a una prueba de resistencia frente a consignas ambiguas. Exigir textos complejos implica, también, ofrecer orientaciones claras, modelos de referencia y acompañamiento en el proceso de construcción de las ideas. Muchas veces el problema no radica únicamente en la capacidad del estudiante para escribir, sino en la manera en que formulamos las tareas y en la distancia que existe entre el lenguaje académico y las experiencias reales de los jóvenes.

La experiencia docente demuestra que los estudiantes sí tienen interés por la escritura cuando encuentran en ella una relación significativa con sus preocupaciones personales, sus disciplinas artísticas o sus preguntas sobre el mundo. En ese sentido, la universidad no solo debería enseñar normas, estructuras y formatos, sino también propiciar escenarios en los que escribir sea una forma de explorar la sensibilidad, el pensamiento crítico y la propia voz.